Sábado 9/9 en La Tarzán

 

“Voy al bar” es el boletín quincenal de Bar de viejes sobre todo eso que son los bares de viejes: conversa popular, hambre, historia, literatura, amor, política, amistad y más.

 

“Voy al bar” es el mantra que heredamos de generación en generación para nombrar un ritual cotidiano. Cada unx repite ese mantra con un significado particular –cada quien tiene su bar– pero participa de un sentido universal: el bar que es ese hogar fuera del hogar. Una especie de tiempo compartido más cotidiano, barato y anárquico.

Bienvenidx al bar.

 

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Hola:

 

¿cómo estás?

 

Este mail viene con un poco de delay por problemas de internet. Si venís del boletín anterior, sabrás que el viernes 18/8 hubo Bar Abierto en La Academia. El deseo se cumplió: en un momento apareció Humberto y lo homenajeamos. El sábado 9/9 a partir de las 19hs va a ser la edición conurbana del ciclo y nos vamos al oeste, como dice la canción de Pet Shop Boys.  A La Tarzán de Castelar, bar que queda enfrente de la estación de tren y donde habrá una charla sobre las derivas conurbanas junto con The Walking Conurban y hará música en vivo La Piba Berreta. En breve habrá flyer con toda la información en un ordenado posteo de Instagram. 
Estás invitadx a venir a La Tarzán de Castelar, en tren, en caravana, en Uber o comoquieras. La entrada es libre y gratuita, y cada edición es única e irrepetible: nunca se repite bar, invitadxs y hasta ahora barrio tampoco. Si no conocés Castelar, es tu momento. Y si no te convencí lo suficiente, veremos si con la historia del bar hay mayor suerte. 

 

 

Es la segunda vez que voy al bar a encontrarme con Carlos, su dueño. La primera fue para proponerle hacer una edición de Bar Abierto ahí. Carlos es una persona estrictamente analógica. Cuando pensé en hacer una edición en el conurbano, hice una pequeña lista de los posibles candidatos. Vos me dirás: “hay un montón de bares en el conurbano”, a lo que responderé que es cierto a medias. Porque no hay bares tan grandes que hagan comida, que tengan personal suficiente como para recibir a más de 100 personas al mismo tiempo, que sea en una zona relativamente accesible, que estén dispuestos a hacer algo nuevo, que abran los sábados a la noche. La Tarzán era a priori un gran candidato: cumplía con todos los requisitos. Llamé al bar durante una semana en el horario que presuntamente estaba Carlos y todos los días me decían que justo se había ido, que llamara al otro día, hasta que uno de los días uno se sinceró y me dijo: “Carlos no quiere hablar, no le interesa hacer nada.” Yo le agradecí la sinceridad y al otro día me tomé el Sarmiento y me bajé en la estación Castelar. Pesada es poco. Pero a mi favor diré que no hay manera de que salgan bien las cosas sin una insistencia un poco exagerada. Me voy de los lugares cuando ya agoté las posibilidades o cuando me tratan mal, y técnicamente no había ocurrido ninguna de las dos.

El bar está apenas te bajás del tren, sobre una calle peatonal, pero no es igual que los bares de estación. Tiene ese aire misterioso que evocan los parajes ferroviarios –porque el tren es un misterio- sin ser una borrachería. Un acontecimiento. Entré y ya lo vi a Carlos, el hombre analógico. Sabía que lo había estado llamando y creo que apreció el gesto de que me presentara físicamente en el bar. Al fin y al cabo, bar de viejes es una obligación conmigo misma a ser y a estar. Conversamos un buen rato y finalmente me dijo que iba a hablar con su “primo tecnológico”, que era quien se encargaba de los eventos, para evaluar la propuesta. Nos pasamos los teléfonos, aunque me advirtió que no era muy amante del celular. Comprobado. Así que la segunda vez fui al bar en una cita organizada conmigo misma porque Carlos sólo me mandó un mensaje que decía: “ok, dale para delante”. Por suerte Carlos estaba y pudimos tener nuestra segunda conversación sobre el bar y su historia familiar, que intentaré reproducir de algún modo a continuación. 

 

 

La Tarzán arranca en 1948 en el mismo lote que está hoy, cuando Castelar era zona de campos y quintas. En sus inicios el bar se llamaba “El pozo del poeta”. El tío abuelo de Carlos, Mario Borio, viene en los años 20 a Buenos Aires desde la región del Piamonte, al norte de Italia. Llega a la capital, empieza a laburar en ferrocarriles y tiene su “boliche” cerca de la 9 de julio en el momento en que la estaban ampliando.
Mario viene con la promesa de “hacer La América” y en una de sus vueltas de vacaciones a Italia conoce a Elvira Corvi en un barco, quien sería su esposa. Con ella pusieron varios bares en los años 30 en la capital y en el 45 se mudaron a Castelar. “Eran pioneros”, me dice Carlos. Nunca tuvieron hijos y con lo que vendieron en capital se compraron varios terrenos en Castelar. En ese entonces el tren por Castelar pasaba apenas unas 4 veces al día. Qué momento hermoso donde el modus operandi era el arrojo. No quedaba otra más que aventurarse a lo desconocido. El universo no reseñado, no comentado, no me gusteado. Una forma de vivir que obedecía a un mundo más parecido a una tierra baldía que a un mapamundi. Castelar, “campo donde hay o hubo castillo” dice el diccionario, o planta medicinal. Mario tenía una casa quinta de fin de semana en “Puente Roca” frente al Río Reconquista. Carlos se acuerda de su infancia con pescadores en el río y del puente antiguo que demolieron en los 90 junto con la estación Castelar. 

El padre de Carlos, Emilio Corvi, vivía en Sondrio, cerca de Lago di Como. La familia Corvi es de La Lombardía y trabajaba en la viña. Cuenta la historia oral que cuando Emilio vino en el 56 a la Argentina, se comió una docena y media de alfajores y a la semana lo operaron de apendicitis. Gran debut. Emilio era el sobrino de Elvira y junto a Mario habían convencido a sus padres, en sus visitas a Italia, para que se viniera a la Argentina con 18 años a trabajar con ellos en el bar. Ya tenía un primo, César, que había venido en el 48 por un problema personal de posguerra. Carlos dice que cuando fue a Italia y quería hablar de la posguerra, los tanos se quedaban mudos. La posguerra fue, según él, la parte más triste: vino el revanchismo acompañado de miseria. 

 

 

Al poco tiempo de abrir, La Tarzán ya era bar restaurant y hostería. Arriba funcionaban varias habitaciones para que los viajantes de comercio que iban a visitar clientes, se quedaran a dormir y siguieran al otro día por la zona. Hoy hay 6 oficinas que gestiona el hermano de Carlos.
La familia Corvi-Borio vivía en el terreno lindante al bar, una quinta con plantas y huerto, un burro y un mono. Antes el bar tenía una puerta comunicante con la casa de al lado. Carlos recuerda que una vez llamaron al veterinario porque el mono estaba histérico y pensaban que tenía rabia. El mozo después confesó que él tomaba Cinzano a escondidas y le convidaba al mono. Carlos nombra las tres bebidas más importantes que se tomaban en esa época: Pineral, Ferrochina y Fernet y recuerda que solía armar equipos de fútbol con su hermano con las tapitas de las botellas. Otra vez, la advertencia con el Pineral (¡bebida del demonio!). Había un cabaret llamado Glenn Miller a la vuelta que funcionó desde los 50 hasta los 90. “El dueño era un paraguayo milico amigo de Perón y tocaron Los 5 Latinos, Julio Sosa”, me cuenta. Una línea de fuga digna de documental. En los 70, empezó a haber muchas prostitutas que iban al bar a terminar de arreglar lo que habían empezado en La Glenn. Castelar en esa época era dormitorio, la gente de plata vivía ahí, pero salía en Capital. 

Graciela “Gladys” Santamaría es la madre de Carlos. Ella arranca en el bar antes que Emilio. Cuando deja de ser hostería arriba, las habitaciones se alquilaban para talleres y Gladys iba a estudiar. Así es como conoce a Elvira Corvi y empieza a ayudarla en la barra del bar a la mañana. Cuando llega Emilio de Italia, se enamoran y al poco tiempo se casan.

 

A principios de los 60 le cambian el nombre al bar y le ponen Tarzán por la compañía de café. Había varios bares que se llamaban así porque la empresa además de café les daba el reloj, el servilletero y demás objetos de publicidad. Si sos habitué de este boletín, habrás leído la historia del Tarzán que está en Tucumán y Ayacucho. Emilio empezó haciendo de todo y Mario al poco tiempo deja a Emilio y César a cargo del bar y él se encarga de las otras propiedades. 

Abajo están Mario y Gladys.

 

 

En el 83 arranca Carlos a laburar el bar con Gladys, Yayo y Emilio. Carlos tenía un taxi, pero no le iba muy bien y estaba haciendo la Colimba. Tres meses antes de Malvinas lo atropelló un auto: estaba en un camión sin luces haciendo una guardia general de la colimba en Campo de Mayo y una señora los chocó. Se quebró el tendón, lo operaron y no pudo ir a la guerra. Carlos se casa a los 24 con su novia del colegio, tienen su primer hijo al año y se separan a los 3 años. Eric, su hijo, es gastronómico y trabaja en La Casa de Coco en Parque Leloir.  
Carlos se va a pasear a Europa y conoce a Simona, su segunda esposa, que es italiana y se vino después en el 96 con él a vivir a Argentina. Al principio Carlos se compró un fax para hablar con ella a la distancia. En el 96 pone un negocio de Kosiuoko en San Bernardo y lo empieza a manejar con Simona. Después pone otro en el Shopping de Devoto cuando se inaugura en el 2001. Se viene la crisis con De La Rúa y deciden irse a vivir a Italia. Carlos dice que esos fueron los años más felices de su vida, donde tuvo una especie de sed adolescente por experimentar lo nuevo. Trabajó en la vendimia, en campos de manzanas y de segundo chef. Fueron también los años en los que trabajó para otros. Llegaba a la casa, abría una cerveza y podía pensar en nada mirando la montaña. Eso era la libertad para él.
Ni sus tíos abuelos ni sus padres estaban en la cocina de La Tarzán. A Carlos le gusta ser gastronómico. Antes estaba todo el día en la cocina, ahora ya no. Italia fue el master en lo que se refiere a la producción, a la importancia de la materia prima. Estuvo casi 3 años viviendo en el Lago di Garda y en la casa de su abuela, si bien “abuelos” para Carlos fueron Mario y Elvira. Carlos creció con ellos, pero cuenta que Mario siempre le hablaba de Mauricio, su abuelo de Italia, y le contaba de un gesto que hacía para chuparse el vino que le quedaba en el bigote. Carlos conoce al abuelo en Italia a los 12 años y cuando lo ve hacer ese gesto, se siente en una película.
Simona queda embarazada en Italia y se vuelven a Argentina. Ahí Carlos refunda el bar con las bases de su familia. 


La Tarzán, como la mayoría de los bares, lleva consigo las fluctuaciones económicas del país. A veces fue más borrachería que bodegón, con la hiperinflación dejó de ofrecer tanta comida y en los 90 empezó a haber pizza. Los 70 fueron buenos y Carlos recuerda que desde el 2004 al 2018 el bar tuvo mucho crecimiento. Durante el Rodrigazo el abuelo perdió como 10 propiedades. 
Hoy trabajan 8 personas en La Tarzán, prepandemia eran 15. Victorino fue un cocinero histórico que trabajó desde el 74 hasta el 2015. Ya se había jubilado y seguía laburando.

 

Para Carlos, La Tarzán hoy es un bodegón gourmet. Se especializan en guisados y elaboran platos como el spaguetti alla scoglio y la trucha al cartocho que lleva mariscos y tomates concassé. Ante todo, La Tarzán es una familia. Aún vienen viejos habitués, y los hijos y nietos de aquellos. “Si no está ninguno de los Corvi, Tarzán debería cerrar”, me dice Carlos. “La capacidad de un boliche es adaptarse, entre el abandono y la gloria de este país.” O como dice Almodóvar, entre el dolor y la gloria. 
En el mes de septiembre La Tarzán cumple 75 años y lo vamos a festejar en un Bar Abierto el sábado 9/9 a las 19hs. Con personas analógicas, como todavía se hacen las fiestas.

 

Nos vemos en Castelar.