Una nueva columna
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“Voy al bar” es el boletín quincenal de Bar de viejes sobre todo eso que son los bares de viejes: conversa popular, hambre, historia, literatura, amor, política, amistad y más.

 


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Hola,


¿cómo estás?

 

Bienvenidx a la edición #93 de este boletín que hoy inaugura una nueva columna llamada Locales de viejes  de la mano de Francisco Ambrogi.
Antes de la columna, hay anuncios importantes:

 

1. Tenemos una nueva vía de comunicación por whatsapp. Podés sumarte al canal acá si querés saber las novedades y si querés estar más cerca sumate a la comunidad.

 

2. El Club Atlético ya tiene fecha oficial de lanzamiento: noviembre 2026. Podés aportar a la construcción del Club acá. 

 

3. Lanzamos la inscripción a los 3 nuevos talleres de la estación invierno del Club Atlético Bar de Viejes que comienzan en agosto:


i. Vamos a tener un Taller participativo de costura por Flor Dacal los sábados a la mañana en el Bar Victoria. Este taller propone realizar una serie de prendas que todo vieje viste y tiene en su casa:  corbata, pañuelo, repasador, funda y banderín. Primero reciclamos, planchamos y cosemos a mano puntada invisible y rulote, después vemos las bases de la costura a máquina y avanzamos a crear molderias cero desperdicio reciclando textiles antiguos. Es una oportunidad de aprender a coser y de practicar junto a otres en un lugar compartido. Información e inscripción acá. 


ii. Realizaremos un Ciclo mensual de lecturas de la editorial rosarina PATAS DE CABRA, como festejo por sus diez años, en donde autores de la editorial conversarán sobre escritura y leerán fragmentos de sus obras, así como fragmentos de otros autores que admiran y recomiendan. El ciclo será organizado por Melissa Cammilleri los domingos a la tarde en el Bar La orquídea. Información e inscripción acá. 


iii. A pedido de lxs participantes, continúa a partir de septiembre el Taller de lectura y escritura creativa “El fuego hace sudar al que lo cuida” dictado por Belén Nahuz los miércoles en el Café Mar Azul. El fuego hace sudar al que lo cuida es un taller de escritura creativa. Uno de los objetivos del taller es que quienes asistan puedan llevarse referencias sólidas de escritores, jugar con los formatos y activar los sentidos en el momento de la composición poética. Podés sumarte a la segunda edición acá. 

 

4. El próximo viernes 17/7 es la segunda edición de Bar de Poesía y Música en el Bar La Academia a las 19hs con Flopa Lestani y Hernán. Va a ser hermoso. Ahí te esperamos.

 

Ahora sí, Locales de viejes. 

 

 

 

 

Bienvenidx a esta nueva columna.

 

Soy Francisco, un vieje de 35, politólogo y apasionado por el patrimonio cultural argentino. Descubrí Bardeviejes hace más de cinco años, cuando vivía afuera. Allá andaba un poco como el Capitán Beto, añorando a mi vieja y el café (los camiones de basura no tanto) y Bardeviejes fue una especie de cable a tierra hacia lo más elemental que había perdido al irme, esa cotidianidad porteña. Cuando volví en 2024, me contacté con Martina y después de muchos cafés y de colaborar con el boletín, decidimos hacer esta columna.


Acá voy a escribir una vez por mes sobre lo que vendrían a ser los primos espirituales de los bares de viejes, los locales de viejes: negocios que, sin ser bares, comparten mucho de lo que nos gusta de los bares. Hablaré de almacenes, mercados, carnicerías, botonerías, sastrerías, peluquerías y tantos otros locales que aún ni conozco, pero que estoy seguro de que la ciudad me revelará cuando menos lo espere. No serán necesariamente ni los más icónicos ni los más famosos. Ni siquiera los más históricos. Simplemente van a cumplir con la condición de ser de viejes.


O sea, serán lugares que están en el barrio desde hace décadas y que, en su gran mayoría, están atendidos por sus dueños. Visitarlos es como entrar en una máquina del tiempo. Sus dueños pueden contar las historias mínimas que ocurrieron en ese local, en esa calle o sobre tal vecino como si hubieran pasado ayer. Están ahí como una referencia, son los sabios a quienes ir a preguntarles algo. Allí se encuentran la paciencia y la conversación infinita y sin fin.


Por ser dueños, gozan también de la discrecionalidad, una de mis características favoritas de Buenos Aires. En los locales de viejes, las cosas costarán lo que ese día el dueño quiere que cuesten. Si la compra es grande, quizás haya un descuento o, en esos buenos días, incluso algo de regalo. En muchos aún sobrevive el fiado, esa confianza tan personal que toca más al honor que a la responsabilidad. Llegar pasada la hora del cierre en estos locales no necesariamente quiere decir que el lugar esté cerrado. Rogar sirve: hacer la gauchada es lo más vieje que hay y los viejes son gauchos (salvo muchas excepciones).


Además, para muchos clientes, son un refugio donde estar, donde ser. Me parece difícil pensar en estar en un negocio que pueda ser una cadena. Pero en los locales de viejes – donde parece que nunca hubo ni va a haber intención de expandirse más allá de aquel negocio – se puede permanecer ahí mucho más tiempo del que lleva comprar. En la charla con el dueño o con otro cliente sobre un partido o alguna noticia, pueden pasar una cantidad de minutos que serían impensados en locales no atendidos por sus dueños o en los que sólo interese invertir el tiempo necesario para vender.

 
En estos tiempos ultra tecnológicos donde parece que hasta Dios es digital (Indio dixit ), entrar a estos locales de viejes me recuerda las bellezas de lo analógico: una caja registradora, una balanza con aguja, un número de teléfono escrito a mano, un imán. Cosas que la tecnología intenta tirar al tacho de la obsolescencia, pero que le dan ese toque humano a la interacción, mostrándonos una manera atemporal de llevar adelante la vida. Para alguien nacido en los albores de internet, entrar a un local de viejes es muchas veces un baño de humildad. 


Hay algo en todas estas características que hace únicos a los locales de viejes. Es una sensación de que el ánimo de lucro, el negocio, es secundario. Estos locales parecen tener tiempo de sobra, como si la ecuación “tiempo es dinero” fuera anatema. Nos muestran que hay algo más allá de tachar cosas de la lista de compras: la comunicación, la interacción, el compartir. En esa interacción entre iguales, donde el otro no es simplemente un proveedor de lo que necesito, aparece lo familiar dentro del anonimato urbano, la familia barrial.


Por eso quiero celebrarlos. Porque así como los bares de viejes son lugares de resistencia y comunión para muchas personas – no solo viejes – que buscan un lugar donde estar, reunirse, conectarse e intercambiar vivencias más allá de su hogar, estos locales resisten también y demuestran que lo viejo funciona. 

 

 

 

 

Mi único héroe en este lío

 


¿Es todo? —me preguntó. Sí —le dije—, y me regaló una longaniza. Siempre un iluso.


Conocí lo de Rodolfo deambulando una noche de semana antes de cenar. Caminaba solo por la oscuridad de Castillo, ese oasis con su ancho empedrado y sus altos y raquíticos plátanos, tan residencial, tan lento. Las dos únicas luces que aparecieron estaban juntas, sobre Thames: una estridente iluminaba un banquito. La otra, mortecina y escondida bajo un toldo, dejaba ver un changuito de supermercado vacío sobre la vereda. Un buen signo. Pasé la hamburguesería y pude ver el marco rojo y la gran ventana que decía Mercadito Modelo “El Proveedor”. En la puerta, signos del pasado: aceptaba tickets de Ticker Market y también Cabal. El changuito estaba atado con una cadena.


Adentro, la escena era como un sueño de Wes Anderson. Un pasillito flanqueado por una heladera culminaba naturalmente en el mostrador donde, en el centro, estaba Rodolfo con su delantal. Cortes de carne por todos lados, una calculadora Casio, una balanza de aguja colgada. Detrás de Rodolfo, heladeras gigantes guardando medias reses y un pizarrón nombrando cortes de carne que hacía rato no tenían precio.

 

Rodolfo hablaba con una clienta de unos 60 años. La charla no parecía tener nada que ver con comprar o vender carne. Seguían mientras yo estaba ahí, aunque de a poco se veía cómo Rodolfo entraba en el delicado arte de seguir una conversación con alguien y atender a otra persona sin quedar mal con ninguna. La clienta se despidió con un “hasta mañana”. De todos los saludos, no esperaba ese en una carnicería. Podría haber mil razones por las cuales la persona tuviera que volver al día siguiente —no había más milanesas, justo necesitaba algo fresco—, pero en ese momento quise creer que había algo de vieje, de ir a lo de Rodolfo por ir, a saludar, a ver cómo andaban las cosas. A hacerse compañía.

 

 

 

 

 

Rodolfo empezó el oficio cuando tenía 12 años, en medio de una situación familiar complicada que lo llevó a vivir en la casa de un familiar no muy querido en Vicente López. A fuerza de trabajo, para los 17 años ya era socio de una carnicería en Don Torcuato. En 1975, empezó a trabajar en el barrio y desde 1978 atiende esa misma carnicería en Thames y casi Castillo. Le sigue alquilando el local a los descendientes de los dueños originales y me dice que en cualquier momento ya le empieza a alquilar a la tercera generación. “Tengo historias para escribir un libro”, me dice, con sus casi 70 años y muy pocas canas. Cuando empezó, los supermercados casi no existían y las familias cocinaban mucho más en casa; hoy sus principales clientes son unos cuantos restaurantes de la zona, incluido el vecino Sarkis, y otros armenios, hamburgueserías y parrillas. Como buen lugar de vieje, la carnicería de Rodolfo abre a la mañana, cierra al mediodía y vuelve a abrir a la tarde, hasta las 21h.

 

Al ser casi nuevo en el barrio, decidí que Rodolfo se iba a convertir en mi guía. ¿Un ferretero? “En Acevedo ahora se mudó un amigo, decile que venís de parte de Rodolfo.” ¿Un cerrajero? “Sobre Córdoba, frente al Mercado de Uriarte. Decile que venís de parte de Rodolfo.” Camino a la cerrajería me quedé hablando con el kiosquero del puesto de diarios enfrente. De unos 70 años, atendía el puesto con su hermana. “Orellana y muy orgullosos de nuestro apellido”, me dice. ¿Por qué? “Somos descendientes de Lavoisier, el científico francés…” El diariero de Córdoba y Uriarte es descendiente de uno de los padres de la química moderna. ¿Dónde, si no en Buenos Aires?


Volví a lo de Rodolfo unas cuantas veces desde aquella primera noche y siempre fue por más, consolidándose como local de vieje. El segundo día después de haber comprado una tira de asado, me cortó una rodaja de longaniza para probar y me regaló la mitad. El tercero, me dejó su número. Firmado de puño y letra, con su firma debajo. Lo busco por Whatsapp y la foto de perfil no podía ser más auténtica: él vestido con un traje de tres piezas y su hija en su fiesta de 15. Ni un logo, ni una foto aduciendo su profesión: lo más personal que hay. De ahí en adelante, Rodolfo se convertiría en mi proveedor de carne mundialista y siempre recibiría algo extra. Como diría el Indio, que en mucha paz descanse, en lo de Rodolfo, las despedidas son esos dolores dulces.

 

 

Mercadito Modelo "el Proveedor", Thames 1028.

Lunes a viernes de 9:30 a 14:00 y de 18:30 a 21:00.

Los fines de semana de 9:30 a 14:00hs.

 

 

 

 

Gracias por leer.

 

Nos vemos el viernes 17 desde las 19hs en La Academia.

 

Y si aún no te suscribiste al boletín y querés hacerlo, es acá.

 

 

 

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